"A seis millones de kilómetros, más allá de la órbita de Plutón, Karellen se sentó ante una pantalla repentinamente oscurecida. Nada faltaba en el informe; la misión había terminado. Volvía a su hogar después de tanto tiempo. El peso de los siglos había caído
sobre él junto con una tristeza que ninguna lógica podría vencer. No lloraba el destino del hombre: estaba apenado por su propia raza, alejada para siempre de la grandeza por fuerzas insuperables.
A pesar de todas sus hazañas, a pesar de dominar todo el universo físico, el pueblo de Karellen no era mejor que una tribu que se hubiese pasado toda la vida en una llanura chata y polvorienta. Allá lejos estaban las montañas, donde moraban el poder y la belleza,
donde el trueno sonaba alegremente por encima de los hielos y el aire era claro y penetrante. Allá, cuando la tierra ya estaba envuelta en sombras, brillaba todavía el sol, transfigurando las cimas. Y ellos sólo podían observar y maravillarse. Nunca escalarían esas alturas.
Sin embargo, Karellen lo sabía, seguirían hasta el fin; esperarían sin desesperación el cumplimiento del destino, cualquiera que fuese. Servirían a la supermente porque no podían hacer otra cosa, pero aún entonces no se perderían del todo."
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